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EL ALZA DEL PRECIO DE LOS HUEVOS DESATÓ LA CRISIS EN IRÁN

Por Darío Mizrahi 6 de enero de 2018

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La primera crisis que sufrió Irán en 2017 no se explica por la geopolítica ni por la economía, sino por la epidemiología. Un brote de gripe aviar que se propagó por todo el país forzó el sacrificio de 17 millones de pollos. Como resultado, el precio de la docena de huevos subió más de un 50% en un año. El incremento se aceleró en diciembre, trepando un 10% entre el lunes 18 y el viernes 22.
Esa chispa fue suficiente para causar un estallido en un país con un clima político y social altamente inflamable. Las protestas comenzaron el jueves 28 en Mashhad, segunda ciudad más poblada de Irán e importante centro religioso para el islam chií. A pesar de la censura, el movimiento se expandió a través de las redes sociales. Cada vez más gente se fue sumando a las movilizaciones, que finalmente llegaron a Teherán, la capital.
El presidente Hasan Rohani buscó mostrarse comprensivo con los manifestantes. “Muchos han salido a las calles debido a sus emociones y en respuesta a sus problemas”, dijo el mandatario. Incluso sugirió que las protestas podrían “convertirse en una oportunidad”. Muy distinto fue el abordaje del líder supremo, el ayatola Ali Khamenei. Su explicación de lo ocurrido es que “los enemigos se han unido y están usando todos sus medios, dinero, armas, políticas y servicios de seguridad, para crear problemas en la República Islámica.
El accionar de las fuerzas de seguridad no deja dudas respecto de quién manda en Irán. Primero bloquearon Telegram, Instagram y otras plataformas que estaban siendo utilizadas para convocar a las marchas. Luego desataron una brutal represión, que dejó al menos 21 muertos y cientos de arrestados. El presidente del Tribunal Revolucionario de Teherán, Musa Ghazanfarabadí, amenazó con condenar a la horca a los detenidos.
Por el momento, el plan parece haber dado resultado. Poco después de cumplir una semana, las movilizaciones comenzaron a apagarse y la poderosa Guardia Revolucionaria Islámica proclamó “el fin de la sedición”. Sin embargo, la crisis reveló la fragilidad de un régimen que, en su afán por tener un control total sobre la sociedad, corre el riesgo de volverse inviable.
Si el aumento de un solo bien de consumo tuvo efectos tan dramáticos es porque no fue más que un catalizador. El dato de la suba terminó de colmar la paciencia de una sociedad que ya no aguanta las penurias económicas que afectan su vida cotidiana. El costo de ciertos bienes esenciales subió un 40% promedio en el último año y algunas estimaciones indican que el salario real de los iraníes se contrajo un 15% en una década. El desempleo supera el 12% y se triplica entre los jóvenes.
“Las privaciones económicas son parte del problema, que se ve exacerbado por la ridícula brecha de riqueza que hay entre el grueso de la población y aquellos que están bien conectados con el corazón del régimen, como la elite clerical, los que están a cargo de las fundaciones caritativas estatales, las compañías y los líderes de la Guardia Revolucionaria. La mayoría de los iraníes no están contentos con su estatus económico y ven que la corrupción es un factor detrás del éxito de los súper ricos”, contó a Infobae Ali Abootalebi, profesor de ciencia política en la Universidad de Wisconsin-Eau Claire.
Rohani llegó al poder en 2013 con un discurso moderado, frente a la radicalización que había marcado a los gobiernos de Mahmud Ahmadinejad (2005 – 2013). Una de sus principales promesas fue mejorar la situación económica consiguiendo un levantamiento de las sanciones internacionales que pesan sobre el país por su plan de desarrollo nuclear. Para eso restableció el diálogo con Estados Unidos durante la presidencia de Barack Obama (2009 – 2017) y consiguió en 2015 la firma de un acuerdo con las principales potencias mundiales para aliviar las penalizaciones, a cambio de limitar el enriquecimiento de uranio.
Esos logros, que estuvieron asociados a ciertas mejoras en la economía, como una reducción de la inflación y un importante crecimiento del producto en 2016, le permitieron a Rohani ganar cómodamente la reelección el 19 de mayo de 2017, derrotando por 57 a 38% a Ebrahim Raisi, un clérigo de línea dura. No obstante, la constatación de que los problemas económicos persisten, y que incluso podrían profundizarse en 2018, fue limando su capital político. En ese contexto, la suba de los huevos tuvo un alto impacto.

“Las protestas se centran en el fracaso de la liberalización económica y en la falta de oportunidades para los jóvenes. Rohani hizo campaña en base a esas promesas y claramente no pudo cumplirlas. Claro que era difícil, dado que elementos centrales de la economía iraní están en manos de conglomerados de propiedad estatal en los que hay mucho nepotismo.  Hacer campaña prometiendo el fin de la corrupción es una cosa, hacerlo realidad es algo enteramente diferente, y parece que la gente esperaba cambios tangibles tras el acuerdo nuclear”, explicó Bernd Kaussler, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad James Madison, consultado por Infobae.

Las especulaciones electorales y las demandas por las condiciones de vida se combinaron para dar origen a las movilizaciones. No es casual el lugar en el que surgieron. “Las protestas comenzaron en Mashhad, que es una ciudad conocida por su religiosidad y sus características conservadores. Quizás hayan sido una puesta en escena de los dirigentes de línea dura para presionar al gobierno de Rohani, pero rápidamente se esparcieron a muchos otros municipios, reflejando el extendido descontento en las provincias con las circunstancias económicas”, dijo a Infobae Güneş Murat Tezcür, investigador del Programa de Estudios Políticos Kurdos de la Universidad Central de Florida.
Si en cualquier democracia más o menos funcional existe cierto hastío ciudadano ante la percepción de que es difícil que haya cambios importantes porque todos los gobiernos se parecen, este fenómeno alcanza niveles críticos en Irán. No sólo porque el rígido código islámico que regula hasta los aspectos más nimios de la vida pública impone serias limitaciones a cualquier tipo de modernización. Las razones más profundas hay que buscarlas en su particular régimen político teocrático, que está a mitad de camino entre una democracia autoritaria y una dictadura religiosa.
Por un lado, hay un presidente y un parlamento que surgen del voto popular, aunque con una competencia bastante limitada. Por otro, hay un líder supremo elegido por un consejo de clérigos. Lejos de ser una figura decorativa, es comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y es quien supervisa y marca los límites de las políticas de Estado. Desde 1989, el cargo es ocupado por Ali Khamenei, heredero del ayatola Ruhollah Khomeini, líder de la Revolución Islámica de 1979, que partió en dos la historia iraní.
“Los iraníes se quejan también de las restricciones sociales islámicas y de la ausencia general de libertad de decisión —dijo Abootalebi—. El Ministerio de Cultura y Guía Islámica tiene una amplia autoridad para establecer las reglas de lo que es un comportamiento apropiado. No sólo en lo que respecta a la vestimenta y a las costumbres, sino en las artes, en la música, en el cine, en el teatro y hasta en los deportes”.
Así se entiende que, lo que comenzó como un reclamo por el costo de vida, se transformó en un movimiento de protesta contra el régimen político. Las primeras consignas, que pedían por mejores ingresos, fueron rápidamente desplazadas por cánticos como “Muerte a Rohani” y “Muerte a Khamenei”.
“Como hemos visto ahora —afirmó Tezcür—, los problemas económicos pueden fomentar fácilmente protestas anti régimen en Irán, dado que es altamente autoritario. En los últimos 20 años, desde la elección del reformista Mohammad Khatami como presidente, el país atravesó varios ciclos de gobiernos reformistas—duros—moderados. Pero el sistema subyacente, con sus poderes que no responden ante nadie, como el líder supremo, la Guardia Revolucionaria y las fundaciones religiosas, permanece igual. El cambio político a través de las elecciones es muy limitado. Por eso las protestas no sólo dirigen su enojo contra el presidente, sino contra los pilares del régimen”.

Hay otro factor que politiza inevitablemente a los reclamos económicos: la controvertida y costosa política exterior iraní. En su afán por expandir su influencia en Medio Oriente, y por ganar la batalla al interior del islam entre el chiismo y el sunismo, los ayatolas han decidido destinar millones de dólares para financiar a movimientos afines en otros lugares.

“Haber vertido recursos tan significativos en el conflicto sirio está acechando al régimen. ‘¿Por qué apoyar a un dictador impiadoso en otro país con esos fondos que nos niegas a nosotros?’ Tanto económica como políticamente, es algo muy difícil de vender a la mayoría de los iraníes, incluso entre aquellos que suelen manifestarse a favor de una solidaridad chií con los sirios. Esto no sólo aplica a Siria, sino también a los miles de millones de dólares vertidos en Líbano y en Palestina”, dijo Kaussler.

Estudiantes de la Universidad de Teherán se enfrentan con la Policía (AFP PHOTO / STR)

Estudiantes de la Universidad de Teherán se enfrentan con la Policía (AFP PHOTO / STR)
El futuro de las protestas

Irán ya experimentó otras dos grandes oleadas de descontento social que sacudieron el orden político. La primera ocurrió en 1999 y fue motorizada por estudiantes ante la clausura de un periódico reformista, Salam. Las manifestaciones duraron seis días hasta que fueron definitivamente sofocadas por una represión que dejó tres muertos, varias decenas de desaparecidos y entre 1.200 y 1.400 detenidos.

La segunda se desató diez años más tarde, tras la cuestionada reelección de Ahmadinejad, en las que hubo serias sospechas de fraude. Conocida como Revolución Verde por ser el color que identificaba a quien salió segundo, Mir Hosein Musavi, fue el mayor desafío al régimen desde 1979. El saldo fue de 55 muertos y unos 4.000 arrestos.

“Las protestas actuales difieren de las de 2009 en muchos sentidos. Primero, el grueso de los manifestantes son obreros de bajos ingresos que viven en las provincias, no la clase media y los reformistas que tomaron las calles en 2009 para reclamar por el fraude y pedir cambios políticos. Esta vez, el epicentro son ciudades conservadoras y religiosas, que tradicionalmente han sido bastiones del régimen. Además, son más chicas en número, no tienen líderes y son altamente espontáneas”, explicó a Infobae Ahmad Majidyar, director del proyecto Irán Observado del Instituto de Medio Oriente, organismo de estudio independiente con sede en Washington DC.

Al ser un movimiento mucho más desestructurado y caótico, es —desde cierto punto de vista— más débil que el de 2009. Sin organización ni dirección centralizada, es mucho más difícil sostenerse en el tiempo. Esto le facilita el trabajo al gobierno.

 Incluso si las manifestaciones desaparecen en los próximos días por la severa represión, el enojo y la frustración del pueblo iraní no van a desaparecer
“Al mismo tiempo, las bases del régimen islámico siguen siendo muy fuertes —dijo Tezcür—. Dispone de una robusta capacidad estatal, con fuerzas de seguridad que tienen múltiples ramas y muchos recursos, y con la posibilidad de organizar movilizaciones de apoyo. Además, puede utilizar la retórica de Estados Unidos y de otras fuerzas antiiraníes para generar un efecto de repliegue sobre la bandera. Y Rohani fue reelecto por amplio margen. Su mandato llega hasta 2021 y no hay un líder creíble que pueda desafiarlo en este momento”.

Los beneficios de desarticular a toda forma de oposición real, de sostener un nivel de persecución que impide su formación y de montar un sistema de control totalitario bien aceitado ideológicamente —o religiosamente— son innegables para quienes detentan el poder. Hay muchos ejemplos históricos de que es muy difícil que cambie o se abra un régimen así, sobre todo si cuenta con la carta de la amenaza externa. Sin embargo, cuando el descontento social es tan grande que las manifestaciones pasan a ser espontáneas y, en cierto sentido, anárquicas, la sustentabilidad del orden político empieza a estar en duda.

“Se puede decir que el movimiento reformista ya no es un factor en la dinámica política iraní. En estas protestas no hubo referencias al movimiento verde ni a Musavi. Pero, a pesar de que se han ido apagando, la realidad subterránea de un régimen que está desconectado de la gente común implica que, probablemente, no sea la última vez que veamos este tipo de erupciones”, afirmó Alex Vatanka, investigador del Instituto de Medio Oriente, en diálogo con Infobae.

A similares conclusiones arribó Majidyar. “Incluso si las manifestaciones desaparecen en los próximos días por la severa represión, el enojo y la frustración del pueblo iraní no van a desaparecer. Es un desafío para la legitimidad del régimen tanto en el corto y como en el largo plazo”.

Darío Mizrahi 6 de enero de 2018

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